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Recuperando el aliento: familias en desaceleración

07 de Enero de 2021 Categorías: Momentos de juego

Recuperando el aliento: familias en desaceleración

A partir de la observación de los hijos e hijas pequeños, muchas preguntas y algunas reflexiones nos han llevado a repensar la cotidianidad de nuestras familias y a recuperar el aliento por vivirlas más felizmente.

Foto: Chewy vía Unsplash

Observando y observándolos: muchas preguntas y algunos descubrimientos

Mientras nuestros hijos e hijas bebés se movían, se descubrían las manos o daban sus primeros pasos, los observamos durante largos momentos. Queríamos ver qué movimientos necesitaban, qué objetos preferían y qué hacían con ellos. ¿Un bebé de tres meses, juega? ¿Cómo? ¿Trepar es un juego? ¿Cómo juegan?

Al formarnos en el tema del juego y de los ambientes preparados, empezamos a relacionar espacios, materiales y juego, y a distinguir, por ejemplo, entre materiales lentos y materiales rápidos; los primeros permiten un descubrimiento lento, una gran variedad de usos y un potencial creativo que no se agota. Los segundos, muy elaborados, atrapan al niño y la niña fácilmente, le exigen una interacción rápida pero se agotan al poco tiempo. La calidad del objeto determina la calidad del uso que el niño o la niña hace de él.

Relacionando juego con aprendizaje, podemos decir que, si bien las niñas y los niños no juegan para aprender, no aprenden si no juegan. Por tanto, sin juego no hay aprendizaje. Por eso la calidad del juego determina la calidad del aprendizaje.

Foto: Markus Spiske vía Unsplash

Un juego de calidad es el que se da libremente, sin ser dirigido, sin un objetivo determinado por la persona adulta. Y se da como un continuo de procesos internos que tienen una expresión externa y que están en relación con todo aquello que la niña o el niño vive. El juego creativo y personal es el que va de dentro hacia fuera y, como todo desarrollo significativo, se produce impulsado por el motor interno de la necesidad vital de una criatura.

La condición para que se dé el proceso es permitirlo: y sólo es posible con tiempo. Tiempo para la maduración y respeto por el ritmo que necesita.

Desacelerando como familias

Si queremos acompañar a los niños y niñas en los procesos de la primera infancia, los/las adultos/as necesitamos ralentizar nuestros ritmos para sintonizar con los suyos.

Foto: Sergiu Valena vía Unsplash

Aquí nos parece útil evocar la imagen de los abuelos y abuelas. Los/las mayores necesitan un tiempo y un ritmo concretos para vestirse, para moverse, para vivir con dignidad. Apresurarlos resulta poco respetuoso y les genera un gran malestar. Las niñas y los niños también tienen dificultades reales para adaptarse a las prisas: seguirnos les exige un gran esfuerzo y no del tipo que podríamos definir como gratificante, sino del que les empuja a salir de ellas y ellos mismos a perderse, porque los aleja de sus necesidades básicas. 

Foto: Johnny Cohen vía Unsplash

Un abuelo, una niña: el ritmo interno que tienen es el único que pueden tener sin perder el contacto con ellos/as mismos/as. Una/o de nuestras/os hijas/os necesita mucho tiempo para vestirse. Pero cuando caminamos hacia la escuela lo hace decididamente. Nuestro/a otro/a hijo/a es ágil vistiéndose pero en la calle observa todo cuanto ve y nos detenemos en numerosas ocasiones durante el trayecto.

Son necesidades diferentes de ritmo y de tiempo. Para percibirlas, hay que ir despacio. Porque los procesos madurativos también se alimentan de momentos en los que parece que no ocurra nada especial. Pero estos tiempos compartidos, con presencia real, son los que permiten que todo suceda. Como las pequeñas conversaciones... ¡tan intrascendentes como reveladoras!

Foto: Zaur Giyasov vía Unsplash

Hacia la autonomía, no hay atajos

Las personas adultas hablan mucho de la autonomía de los niños... que, como el resto de las habilidades requieren una adquisición progresiva. Cuando vamos deprisa, no podemos crear ocasiones para que el niño o la niña practique, conozca... y llega el día en que decidimos que ya debería poder... y exigimos la autonomía, sin haberla permitido previamente en pequeñas dosis y en relación con muchas cosas cotidianas. 

Foto: Enis Yavuz vía Unsplash

Veamos algunos ejemplos:

  • Cuando mi hijo empieza a poner la mesa, si los utensilios que dejo a su alcance son de plástico, porque son «a prueba de niños», no será necesario que tenga cuidado de no romperlos. Si pone la mesa con objetos de cristal, yo le recuerdo que se pueden romper, le ayudo un poco porque pesan, y él no puede ir rápido. Si en la mesa queremos que, progresivamente, puedan servirse ellos mismos, llenarse el vaso, limpiarse, dominar el uso de los cubiertos, o probar alimentos nuevos, no podemos acabarlo todo, servirles, limpiarles, pelar la ruta, recoger la mesa.

  • Si mientras hacemos la cena, la hija de cinco años lava cuatro platos, la cocina quedará encharcada: son efectos colaterales. Pero incorporarlos a las rutinas domésticas es una excelente manera de estar juntos y ellos/ellas se vuelcan con entusiasmo. El aprendizaje es a muchas bandas y la vivencia es rica.

  • Le abrochamos los botones durante meses mientras mira cómo lo hacemos, hasta que un día intenta hacerlo ella. Esperamos y observamos. Ofrecemos ayuda (hemos dicho ofrecemos) y, a veces, nos la pide, y otras no la quiere. Tiene unas cuantas batallas con los botones, y un día podrá abrochar uno, y otro día el que va más duro de todos, y le brillarán los ojos cuando nos diga: «¡Yo sola!». Para hacerlo así, tenemos que ir despacio.

Nos parece interesante hablar también de la anticipación y la transición en el día a día. 

La anticipación se refiere al anuncio de lo que haremos, de lo que pasará: «¿Mamá, me explicas cómo irá el día?», suele decirme mi hija. La anticipación le permite prepararse, como a los/las adultos/as, con la diferencia de que tenemos más información y que muchas cosas dependerán de nosotros/as mismos/as.

Necesitamos también un tiempo de inmersión en cualquier situación o actividad, y un tiempo de cierre cuando se acaban. Entrar en la escuela y encontrarlos con el abrigo y la mochila puestos y llevárnoslos en diez minutos se parece más al juego de arrancar cebollas que al hecho de entrar en su espacio (escolar), donde han vivido muchas cosas y acompañar una breve transición para marchar juntos/as hacia donde sea. Para hacerlo, también debemos ir despacio.

La «sociedad familiar»: todo empieza en casa

Como familias, vivir más lentamente no incluye únicamente el funcionamiento cotidiano, sino también aspectos más intangibles como la vida emocional, las relaciones entre los/las que vivimos juntos/as. Si la familia va deprisa, cuando las dificultades aparecen las aplazamos con un «ya hablaremos por la noche, ahora no hay tiempo, llegamos tarde a básquet». 

La niña y el niño pequeño vive y siente en el presente. Lo que pasa interiormente, pasa ahora, y hablar de ello horas más tarde no tiene una conexión real con su vivencia. Cuando estalla un conflicto o una emoción, necesita contención y acompañamiento. Deshacer un malentendido, ofrecer consuelo, aceptar un enfado o manifestarlo... Hace falta tiempo para atender en lugar de tapar, para aceptar en lugar de compensar. Conocerse a sí mismo, comunicarse, también es algo que se aprende poco a poco.

Foto: Charles Deluvio vía Unsplash

Por otro lado, no es posible ralentizar el ritmo familiar si las personas adultas mantenemos unas dinámicas profesionales aceleradas: con horarios extensos, alta velocidad y espirales de estrés imposibles de sacudirnos de encima cuando entramos en casa. Si la sociedad familiar es nuestro primer medio, que construimos para convivir y para crecer, los cambios sólo podemos impulsarlos nosotros/as mismos/as, en primera persona, en pareja y en familia. Nos corresponde a nosotros/as.

¿Una escuela tranquila?

La escuela actual no es compatible con esta opción tranquila en su equivalente educativo. Sobre todo porque soporta el peso de una enorme cantidad de exigencias de todo tipo, que no detallaremos aquí: de tipo administrativo, de tipo material, de espacio, de ratio. 

Pero en especial las exigencias sobre el tiempo y el ritmo afectan tanto al desarrollo infantil como a la vida familiar. La adaptación, entendida como un tiempo preestablecido y en condiciones limitadas (de pocos días, ¡o de ninguno!), afecta al proceso real de adaptación de un niño y de su familia. 

La exigencia de la retirada del pañal a los tres años afecta al propio proceso fisiológico del pequeño, así como las destrezas que hay que alcanzar en un tiempo determinado (ir al lavabo, atarse los zapatos, dormirse solo, dejar el chupete... y más adelante memorizar contenidos prematuramente, corresponsabilizarse de los deberes...), o el modelo curricular, que anticipa cada día más los aprendizajes formales con respecto a la edad y la madurez de los niños.

La escuela es un reflejo fiel de la sociedad de la que forma parte. Una sociedad que va deprisa necesita una escuela que vaya deprisa.

Cuando pedimos la creación de más plazas de escuelas infantiles de primer ciclo estamos admitiendo que es una necesidad social dejar a los bebés de meses en una escuela infantil. Hablamos de conciliación, pero no de renunciar a nada o para hacer cambios profundos, si como esta palabra mágica pudiera ampliar los límites del tiempo para hacer que quepa en él lo mismo que ya estamos haciendo ahora. Es decir, todo.

Así pues, la escuela responde a reclamos sociales: «¡Se necesita una escuela que les prepare para lo que se encontrarán cuando salgan de ella!», oímos decir. Así, con una escuela más lenta para una sociedad acelerada, el choque está garantizado. Los padres y madres irrumpiremos a las cinco arrancando nuestras cebollas para seguir corriendo. Querremos resultados palpables, contenidos académicos adquiridos. ¿No es la presión de las familias uno de los obstáculos para esta escuela tranquila?

También con una familia más lenta y una escuela acelerada tenemos el choque asegurado. Vamos más lento, pero cuando camino de la escuela vemos que llegamos tarde, la angustia por nuestro retraso ya nos estresa... y llegamos con la lengua fuera. Y seguimos con la lengua fuera con la retahíla de exigencias escolares citadas antes. Con prisa por conseguir los objetivos en el tiempo establecido. Por eso, nuestra mirada sobre la escuela oscila entre la admiración por el trabajo bien hecho en unas condiciones tan adversas, y la inquietud, como profesionales y como madres.

La estrategia del caracol

La insatisfacción de vivir en alta velocidad resulta insoportable cada día para más gente. El malestar se manifiesta en las personas adultas, que perdemos la alegría genuina, la plasticidad, el frescor y la transparencia y nos volvemos grises y saturados. Y se manifiesta con absoluta claridad en los niños y las niñas, afectados/as por una preocupación profunda que, literalmente, no les deja vivir.

Foto: Priscilla du Preez vía Unsplash

En medio de todo ello hay escuelas que se cuestionan, que se atreven a experimentar con la desaceleración. Padres y madres que impulsan pequeños cambios revolucionarios en casa. Algunas AMPA organizan unas charlas diferentes. Algún libro atrevido abre trinchera, hay lectores y lectoras que se animan. Es el efecto mancha de aceite. 

Foto: Alexander Dummer vía Unsplash

Nosotras, en proceso de ralentizar a nuestras familias e impulsando un proyecto profesional en relación con el juego, estamos entre las/los que trabajamos con la estrategia del caracol: avanzando lentamente dejando un rastro sutil, pero brillante. Como el aceite. Que se extienda, que se extienda lentamente. Esta vez, no tenemos prisa.

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