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 La infancia necesita jugar en la calle sin supervisión adulta

04 de Mayo de 2021 Categorías: Crónicas del juego

La infancia necesita jugar en la calle sin supervisión adulta

Llega el buen tiempo y con él, las ganas de jugar fuera. ¡Y más con el año que hemos tenido! Nuestros cuerpos piden sol, aire, arena, agua y movimiento, como si fuera un hilo invisible de nuestra biología más animal tirando de nosotros hacia fuera. ¡Sal!, baila, brinca, trepa, corre, haz nuevos amigos.

Podríamos llamarlos los biorritmos del juego, ¿no os parece? Porque siempre es agradable disfrutar en la calle para la gran mayoría de las niñas y los niños (no todas/os), incluso cuando graniza o hace mucho frío, pero con la luz, las tardes más largas y las temperaturas más amables,  resulta difícil estar encerradas/os entre cuatro paredes.

Los beneficios de jugar fuera, sobre todo en la naturaleza, son increíbles. Hay muchos libros que hablan de ello y de los que tenemos varios en la tienda, como por ejemplo Cómo cura la naturaleza, El sentido del asombro, Los últimos niños en el bosque, Jugar al aire libre… (los tenéis todos aquí). Pero es que lejos de tratados y teorías, ¡se ve! A poco que miréis, veréis cómo el juego cambia un montón fuera del hogar o del aula.

Nosotras somos muy defensoras del juego fuera porque lleva intrínseco el movimiento y la libertad, con lo que tiene el sello de nuestra casa.

Un juego que no es solo poner un pie fuera, sino que implica que las personas adultas nos echemos a un lado y dejemos a las niñas y los niños en paz. Nos referimos a ese juego que no se desarrolla en ambientes preparados, que no parte de ninguna provocación, que no tiene un objetivo, que no está dirigido de ninguna manera por nadie, que se auto-organiza solo… ese que se despliega cuando no les hacemos ni caso.

Foto: seda de juego para cabañas

Echamos de menos este tipo de juego que evoca a nuestra infancia, cuando sí que jugábamos toda la tarde en la calle y los adultos/as no estaban vigilando, porque era en esos momentos donde ocurrían las cosas humanas, donde el grupo empezaba a latir, con sus conflictos, sus aprendizajes, sus disfrutes… y a nosotras nos ha encantado observarlo y fomentarlo en nuestras hijas e hijos.

Verles correr con los amigos y amigas, organizar sus juegos y subirse a los árboles. ¿Os acordáis de esa sensación? ¿Habéis subido árboles también en vuestra infancia? Solo por el placer de treparlos, pero también porque arriba ya no te podían pillar, porque entre las ramas había una casa imaginada (no fuimos de las afortunadas que tuvieron una casa real en ningún árbol, pero daba igual), porque ahí se charlaba mejor, se cogían las frutas (¡del árbol directamente!)... Ahora nos da pena pensar que estamos más preocupados por la seguridad que por dejarles estar y vivir algo que no esté herméticamente revisado por nuestro ojo. ¡Pedazo ejercicio para las personas adultas!, porque ellas y ellos lo tienen perfectamente controlado.

Foto: cuerda para trepar con soportes de madera

Siempre hemos dicho que se ha avanzado muchísimo en el papel que le damos al juego en nuestra sociedad, es maravilloso. Muchas cosas que nos hacían parecer unas locas hace años, cuando comenzamos a formarnos, hoy están más que asumidas y no son nada novedosas, ¡es genial! Pero también, hemos comenzado a analizarlo tanto y a glorificarlo tanto, que a veces se nos pasa la rosca un poco.

Foto: reloj solar de bolsillo

Por eso, queríamos hacer en este post un llamamiento al juego libre, pero de verdad. No al que ocurre en ambientes que hemos preparado, con miles de propuestas más o menos abiertas.

Nos referimos al que podría desarrollarse hasta en un descampado si fuera necesario, siempre que  allí se encontraran  niñas y niños de manera espontánea. Ese que no parte de nada absolutamente y que no necesita propuestas ni ideas adultas, el que se organiza en un pis-pas cuando no miramos.

Foto: columpio hamaca portátil

¿Quiere decir eso que es un sacrilegio ir al campo o al parque con nuestras hijas e hijos y hacer actividades juntas/os? ¡Ni muchísimo menos! Eso también es maravilloso, une, divierte, nos deja recuerdos bonitos en nuestra memoria familiar, ¡claro que sí! Nosotras hemos pasado también tardes recogiendo flores, buscando insectos, haciendo bolas con barro, hemos paseado, hemos hecho herbarios… Tenemos de hecho un juego en la tienda que nos fascina, el Land Art, que siempre recomendamos porque nos parece una actividad genial y super original para pasar un rato en el exterior y poner la creatividad a prueba.

También recomendamos llevar a los picnics por ejemplo el columpio portátil, la cuerda de escalar, el slackline, el cuchillo de tallar, la manta para juegos cooperativos, el paracaídas cooperativo… lo cortés no quita lo valiente. No es que seamos unas locas estrictas del juego libre y a veces, las propuestas de este tipo ayudan a disparar la diversión y hacen pasar buenos ratos. ¿A quién no le gusta tumbarse un rato después de comer a mecerse con pausa? ¿Quién puede resistirse a una cuerda colgando de un árbol? Nosotras, desde luego, no podríamos con nuestros ya casi 50.

Foto: silla colgante rainbow

Foto: bandeja tinker Grapat

Otra cosa que nos gusta mucho, recordando algunas actividades que solíamos hacer en casa, es aprovechar estas salidas para montar una mesa de estación. Esto nos ayuda a observar los ciclos de la naturaleza, sus colores, su luz… y los cambios que se dan entre ellos (en la ciudad es más difícil de observar pero la naturaleza está ahí para hablarnos).

Suele hacerse mucho en los colegios Waldorf y nos encanta, porque de una forma sencilla (o tan grande como cada una/o quiera), permitimos a las niñas y los niños estar más en contacto con los ciclos de la vida, reflexionar sobre nuestra presencia como seres naturales, el paso del tiempo… Es muy bonito ir agregando pequeños tesoros encontrados en nuestras salidas a la naturaleza a estas mesas, llenándolas así de vida y de personalidad.

Foto: slackline

El exterior es un lugar inagotable de ratos juntas/os, de aprendizaje, de charlas, de sentimientos. No está mal que llevemos una propuesta hecha para compartir momentos, que les propongamos una actividad para realizarla de forma conjunta… ¡eso no hay que perdérselo por nada del mundo!

Pero que no se nos olvide que también es un escenario extraordinario para la infancia y que conecta de forma casi primitiva con su interior más animal. ¡Dejemos que lo desarrollen en libertad! Y mientras, nosotras/os, ¡aprovechemos para mirar al cielo, desconectar y descansar! Seguro que nos lo merecemos. 

Foto: silla colgante rainbow

Ver todos los comentarios (1)

María


13/05/2021 14:43:30

Muchas gracias por el post, me ha encantado. A mí también me chifla aún hoy, a mis cuarenta y unos cuantos, salir al campo con mi peque y simplemente observar. Me guardo algunas de vuestras propuestas. Hay un juego que me parece genial también, por si queréis echarle un vistazo, es de Waelderspielzeug (algo así como juguete de los bosques en alemán) se llama Froebelturm. Creo que os gustaría mucho.

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